La quietud del piso ochenta y ocho adquirió un matiz diferente durante las primeras horas de la madrugada. Fuera del imponente ventanal, las luces de la metrópoli parpadeaban con una suavidad constante, un reflejo digital y terrenal de las estrellas que se abrían paso a través de la atmósfera purificada. En el interior del despacho central, el silencio solo era interrumpido por el leve parpadeo de las terminales holográficas y el pulso rítmico de los servidores que gestionaban la red unificada