El sol de la tarde teñía de tonos cobrizos y dorados las fachadas de cristal de la Torre Ferré, proyectando reflejos alargados sobre las mesas de diseño y las pantallas holográficas del piso ochenta y ocho. Lejos de la agitación febril que había marcado las semanas de la purga corporativa y el colapso del viejo régimen, el despacho principal exhalaba una quietud profunda, casi ceremonial, como si el propio aire se hubiera habituado a la nueva geometría del poder.
Luisa revisaba los últimos bala