El silencio que siguió a la advertencia de Dominique en el despacho de Valerio Vance era tan espeso que se podía oír el zumbido eléctrico de los terminales holográficos y la respiración entrecortada del ejecutivo. Valerio tragó saliva con dificultad, intentando proyectar una dignidad corporativa que ya hacía rato se le había desmoronado entre las manos. Sus dedos temblaban ligeramente sobre los costados de los sillones de cuero, y las gotas de sudor frío comenzaban a perfilarse en su frente des