El eco seco de la voz de Dominique no rebotó contra los paneles estructurales de la sala; pareció disolverse de inmediato, tragado por el zumbido sordo y constante de los servidores centrales y el sistema de climatización que mantenía la atmósfera del piso ochenta y ocho a una temperatura milimétricamente calculada. Luisa no apartó los ojos de él ni parpadeó. Había pasado los últimos meses afilando su temple, endureciendo su mente para soportar presiones psicológicas mucho más devastadoras que