65. Las que muerden de vuelta.
Narra Lorena.
Siempre supe que la calma no iba a durar.
Se notaba en el aire espeso, en las ventanas que chirriaban aunque no hubiera viento, en las cucharas que caían solas al suelo. En las pesadillas que no eran sueños, sino anuncios disfrazados. No estaba paranoica. Solo estaba al tanto.
Y esta noche, cuando la radio dejó de sonar de golpe y los perros del barrio empezaron a aullar como viudas, supe que el hijo de puta había llegado.
—¡Apaguen las luces! —grité sin perder la voz.
—¿Ya? ¡