458. Duda venenosa.
Narra Dulce.
Me paro con lentitud, como si mis músculos aún no entendieran que no estoy muerta. El sol entra a pedacitos por entre las cortinas gruesas. Todo tiene esa luz dorada que embellece lo que no debe brillar. Sobre la silla, la bata de seda negra. Perfecta. Carísima. Fría. Suya.
Me la pongo. Siento su tacto en mi piel aunque no esté. Como si Jean-Pierre me rozara con la mirada desde lejos. Ese tipo tiene manos que no tocan, y sin embargo marcan.
Camino hacia el baño. Piso el mármol desc