459. La última máscara.
Narra Dulce.
La luz que envuelve la habitación no viene de una lámpara ni de la calle; no es cálida, ni fría, ni siquiera parece artificial. Es una claridad espesa y opaca, como si la noche misma hubiera decidido deslizarse entre las cortinas para instalarnos en una penumbra cómplice, dispuesta a observar sin pestañear cómo se besan dos personas que hace tiempo dejaron de saber si lo que las une es deseo o necesidad, ternura o cálculo, amor o la simple costumbre de usarse mutuamente.
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