352. Cuervos en la tramoya.
Narra Gomes.
La humedad de los pasillos subterráneos se le pega al cuerpo como un mal presentimiento.
Gomes avanza con la linterna baja, evitando la luz directa, con el arma firme entre las manos y los oídos entrenados en el murmullo de los caños que gotean y las paredes viejas que crujen como si también quisieran hablar. No dice nada. No hace falta. Sus hombres lo siguen, dos pasos atrás, como sombras bien entrenadas que conocen el ritmo de una cacería silenciosa.
Llegar hasta acá no fue senci