321. Ópera para un monstruo.
Narra Tomás Villa.
El teatro ya no está vacío.
No en sentido literal —eso vendrá después—, sino en esa forma sagrada en la que los lugares adquieren conciencia de lo que van a presenciar.
Estoy solo.
Las luces apagadas.
La sala cubierta por sábanas que protegen las butacas como si fueran cadáveres a la espera de su funeral.
Camino entre ellas como un sacerdote caminando por la nave de su catedral. No hay cruces. No hay vitrales. Pero hay un altar: el escenario.
Y en ese altar, Ruiz.
En carne, o