32. La memoria es un arma cargada.
Narra Lorena
No fue fácil dar con él.
Tuve que mover piezas que había enterrado con cuidado, fingir nombres, revivir códigos viejos, disfrazarme de mí misma veinte veces.
Pero lo logré.
Está sentado frente a mí, en un bar que huele a sudor seco y a sopa vieja, con el mismo sombrero sucio y los dedos amarillentos por la nicotina.
El tiempo no lo perdonó.
Y, sin embargo, sigue oliendo a pólvora y peligro.
—Nunca pensé que volverías a buscarme, muñeca —dice sin sonreír.
—Tampoco pensé que volvería