26. Los santos también sangran.
Narra Ruiz.
La ciudad huele a humo, a metal oxidado, a traición.
Siempre olí la podredumbre antes de que se hiciera carne, antes de que los cadáveres aparecieran flotando o los ojos se clavaran en mí con más hambre que respeto. Esta vez no es distinto. Hay un rumor, uno que no corre, se arrastra. Como serpiente, como maldición. El imperio se resquebraja. Y no hace falta ser un genio para entenderlo: uno de los míos me está vendiendo. Alguien que me debe la vida, o al menos las piernas, está neg