215. La cocina no huele a sopa.
Narra Lorena.
Atravieso la puerta de la cocina y lo primero que me sorprende es el silencio. No hay gritos, ni olor a sangre, ni ese perfume caro que Ruiz siempre deja pegado en cualquier ambiente donde mete un pie. Solo hay vapor, ollas enormes burbujeando, y cocineros que se mueven como autómatas entrenados para sobrevivir bajo presión. Como si el infierno estuviera del otro lado del umbral, y ellos fueran los únicos que no se dan cuenta.
Pero hay algo que no cierra. Las luces brillan demasia