Narra Lorena.
Todavía estoy ahí, sentada al borde de la cama, con la cabeza hecha un torbellino por lo que dijo la vieja, cuando escucho la llave girar en la cerradura. No es la cuidadora ni la sirvienta que viene a dejar pañales ni la de la comida que no habla; es él, y lo sé incluso antes de verlo, porque su perfume siempre llega primero. Ese maldito olor a madera oscura y colonia importada que aprendí a odiar y desear al mismo tiempo.
La puerta se abre despacio. Ruiz entra sin decir una pala