295. Ni ángel, ni espectador.
Narra Ruiz
Hay formas de romperle el alma a un hombre. Un tiro al pecho. Una traición. Una tumba sin nombre, y después está esto.
Una caja.
De cartón simple, prolija. Sin huellas, sin sello. Me la deja un pendejo del hotel que no tiene idea de lo que acaba de entregarme.
—Para usted, señor Ruiz —dice, como si me trajera medialunas.
Cuando cierro la puerta, siento el pulso en las sienes.
No lo abro enseguida.
Primero camino. Una vuelta. Otra.
Después me siento.
Como si fuera un