160. Los perros no piden permiso para morder.
Narra Ruiz.
Los primeros gritos se escuchan como un eco lejano, como si no fueran para mí.
Pero cuando el vidrio de la ventana del fondo estalla con un ¡crack! limpio, me doy cuenta de que la fiesta terminó.
—Están adentro —murmura Torrez desde el pasillo, con la voz calmada de un enterrador.
Asiento. No me sobresalto. No corro.
No soy de los que corren.
Todavía no.
Salgo al comedor. Lorena está ahí, esposada, con la cara más pálida que su conciencia, y sin embargo, con esa mirada de serpiente