120. La sangre en las sábanas no se lava con culpa.
Narra Ruiz.
El silencio es espeso, como si la noche misma se hubiera tragado el aliento del mundo. Mi coche se detiene frente a la mansión y ni siquiera apago el motor. Bajo. El aire tiene ese aroma húmedo y podrido que deja la muerte cuando se esconde detrás de las paredes, esperando el momento justo para salir a cobrar. Camino por los pasillos sin decir una palabra, sin que nadie se atreva a mirarme. Porque cuando la bestia vuelve a casa oliendo a pólvora, hasta los perros agachan el hocico.