111. Donde la mesa está servida, y yo soy el plato principal.
Narra Lorena.
El comedor parece sacado de un museo.
Un techo alto con lámparas de araña, tan grandes que podrían aplastar a un caballo si cayeran. Cortinas pesadas, rojas como el interior de una herida. La mesa, larguísima, está dispuesta como si fueran a venir embajadores. Pero no hay nadie más que él. Y yo.
Y eso es peor.
Ruiz se sienta al extremo, erguido, su copa de vino como una extensión de su mano. Yo estoy al otro. Un ejército de cubiertos me rodea, como si me prepararan para una dise