Me lo quitó todo.
Un estruendo quebró la quietud en la mansión Delcourt, un jarrón estalló contra el mármol y sus fragmentos rebotaron por el suelo como si fueran metralla.
Luciano, con el rostro desencajado, recorría el salón principal a pasos erráticos, incapaz de contener la furia que lo consumía. Arrancaba cuadros de las paredes, volcaba sillas, pateaba muebles, y cada golpe llevaba la carga de un odio que amenazaba con destruirlo a él mismo.
No le importaba que todo lo que había en esa casa fuera de Catalin