El pasado ya me arrebató demasiado.
La Casa de los Cerezos respiraba vida.
Entre cajas apiladas en los pasillos y muebles que poco a poco encontraban su lugar, los niños habían hecho del jardín su propio reino.
Elian corría bajo los árboles con una risa aún temblorosa, como si estuviera aprendiendo a usarla, mientras Lana, con una cometa roja que se tensaba contra el cielo, lo seguía con pasos firmes y seguros, el cabello ondeando como una llamarada indomable que desafiaba al viento, como si ella misma representara la libertad qu