Me salvaste.
Al salir del tribunal, Catalina sintió el aire frío de París golpearle el rostro como si fuera la primera bocanada de libertad de su vida.
La multitud estaba enardecida, los periodistas gritaban su nombre lanzando preguntas como flechas, y los flashes estallaban sin tregua, pero para Catalina todo aquello se volvió un murmullo distante y lejano.
Solo podía escuchar el latido frenético de su propio corazón, como un tambor que le devolvía a la realidad de su victoria y le recordaba que, al fin, h