La casa de los cerezos.
El coche se internaba por un camino angosto bordeado de árboles altos, cuyas ramas se entrelazaban en lo alto, formando un túnel natural que parecía separar el mundo exterior de aquel refugio secreto.
La ciudad quedaba atrás, con su ruido y su veneno, y a cada kilómetro la atmósfera se transformaba, volviéndose más pura y serena.
Catalina miraba en silencio por la ventanilla, observando cómo las luces urbanas se apagaban lentamente.
Cada curva de la carretera era un recordatorio de que se aleja