Esta vez no vamos a callar.
La noche había caído sobre París, tranquila y fría, cubriendo la ciudad con un silencio espeso.
La villa Doinel, parecía contener la respiración bajo el viento helado de otoño.
El auto se detuvo frente al portón de hierro forjado.
Julián apagó el motor en silencio, y el interior del coche quedó lleno de tensión. Catalina tenía las manos sobre el regazo, los dedos inquietos dentro de los guantes. Su mirada estaba fija en la entrada, decidida, aunque en el fondo la invadía un miedo silencioso, un