Desgraciado.
La puerta principal de la Mansión Delcourt se cerró tras Catalina con un crujido elegante, aunque tan frío como las paredes de mármol que la rodeaban.
Catalina avanzó por el vestíbulo con paso firme, sin quitarse el abrigo ni la máscara de serenidad que había practicado una y otra vez durante el trayecto. Cada zancada era medida y cada respiración contenida, consciente de que estaba entrando en la guarida del lobo, pero esta vez no como una víctima, sino como una cazadora encubierta que ya habí