Ya no eres nuestra mamá.
La cocina principal de la Mansión Delcourt, por primera vez en mucho tiempo, olía a hogar.
Aquella mañana, el aire estaba impregnado de leche caliente, canela, cacao y memorias tan vívidas que dolían más que una cicatriz abierta.
Catalina removía el chocolate para sus hijos con una ternura casi reverente. Había insistido en hacerlo ella misma, no permitiría que un chef uniformado endulzara por encargo lo que quería convertir en un gesto de amor materno.
Había preparado esa receta cientos de vec