Si hay que actuar… actuaremos.
La atmósfera en la sala se había vuelto densa, como si cada partícula de aire estuviera cargada de una electricidad silenciosa. Nadie hablaba, pero las miradas se cruzaban con una intensidad que decía más que mil palabras.
Catalina sostenía el teléfono con ambas manos, como si de ese aparato colgara no solo la verdad, sino también el peso de su pasado.
En la pantalla, una imagen congelada mostraba con crudeza los pagos realizados al psiquiátrico.
Y fue entonces, con la mirada aún fija en esa