Aterrizamos en un aeropuerto secundario de Lisboa. Julian, con su hombro vendado, y yo, con el vestido arrugado de la fuga, teníamos que pasar por "ricos turistas italianos en luna de miel". La fachada era ridícula, pero necesaria.
—Sonríe, Agustina —ordenó Julian, forzando él mismo una sonrisa tensa mientras salíamos del aeropuerto—. Somos una pareja feliz. Una muy apasionada, a juzgar por tu cuello.
—Lo que pasó en el avión fue por negocios, Julian. No por amor —repliqué, ajustando las gafas de sol.
Pero la intimidad del vuelo había dejado una marca palpable. Habíamos sellado nuestro pacto, de la manera más placentero posible.
Encontramos la dirección que Julian había recordado de su madre, un pequeño apartamento de alquiler en el Bairro Alto, el barrio bohemio. No había rastro de Pietro.
—Este es el desvío, no el escondite —dijo Julian, analizando los planos de la zona—. Mi padre nunca lo dejaría en un sitio obvio. El secreto debe estar ligado al pasado de mi madre.
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