Aterrizamos en un aeropuerto secundario de Lisboa. Julian, con su hombro vendado, y yo, con el vestido arrugado de la fuga, teníamos que pasar por "ricos turistas italianos en luna de miel". La fachada era ridícula, pero necesaria.
—Sonríe, Agustina —ordenó Julian, forzando él mismo una sonrisa tensa mientras salíamos del aeropuerto—. Somos una pareja feliz. Una muy apasionada, a juzgar por tu cuello.
—Lo que pasó en el avión fue por negocios, Julian. No por amor —repliqué, ajustando las gaf