Julian arrancó el motor de la lancha. El rugido rompió el silencio de las estrechas aguas napolitanas. El Retablo, envuelto en terciopelo negro y embarrado, yacía a nuestros pies, el trofeo de nuestra traición mutua.
—¡Agárrate! —ordenó Julian, girando el timón con furia.
Agustina se aferró al asiento, su rostro pálido pero firme. Su ropa de seda estaba rasgada, la suciedad de la Capilla manchaba su piel. Se veía más peligrosa que nunca.
La lancha aceleró, rompiendo olas. La Capilla quedó atrás