Las luces no estaban encendidas. Pero había un resplandor cálido, tanto que parecía irreal.
Lisandro parpadeó, o creyó que lo hacía, porque en esa dimensión confusa de sueño y desvelo, hasta respirar podía sentirse ajeno. Estaba de pie, en medio de lo que parecía una habitación sin paredes. No había techo, no había suelo. Pero todo era reconocible, incluso ese olor a lilas, la suave sensación de su tacto sobre sus dedos, y la presencia inconfundible de ella, de Iskra.
Ella ya estaba cerca, dema