A la mañana siguiente, Lisandro llegó puntual a la oficina, pero no porque quisiera hacerlo, sino porque era su forma de evitar pensar, de silenciar la voz que no dejaba de retumbarle en la cabeza: la de Valeska diciéndole que ya no confiaba en él, que lo suyo había terminado.
Su traje perfectamente planchado, su cabello peinado con precisión, todo en él parecía impecable… salvo sus ojos. Estaban vacíos, apagados, como si alguien hubiera apagado la luz por dentro y la chispa que antes lo impuls