Cuando Lisandro cruzó la puerta de su departamento, Oliver supo que no necesitaba hacer la pregunta.
No era necesario que hablara, ni que hiciera algún gesto específico. La forma en que cerró la puerta, en que dejó caer las llaves sobre la mesa como si le pesaran toneladas, en cómo caminó con los hombros vencidos, sin la mínima señal del hombre que solía llegar con la mirada afilada y la presencia imponente… Todo eso bastaba.
Aun así, Oliver preguntó.
—¿Cómo te fue?
Lisandro se quedó de pie, en