—No tengo nada que hablar contigo —dijo Valeska de inmediato, sin alzar demasiado la voz, pero con la misma firmeza con la que se ponen límites a un incendio.
Lisandro la miró con el alma rota y la voz atrapada en la garganta. No suplicó, no se arrodilló, no hizo un escándalo. Solo la miró. La miró como si el tiempo retrocediera y, por un instante, en esa banca, en ese parque, en ese pedazo de mundo que alguna vez fue de ellos, nada más existiera. Solo ella. Solo él. Solo el deseo contenido de