La tarde del cuarto día comenzó a instalarse de una manera casi imperceptible dentro de la habitación.
Erika ya había aprendido que en ese lugar el tiempo no avanzaba como en el mundo exterior. No había sol que se desplazara por una ventana, ni sombras que se alargaran sobre el suelo, ni cambios reales en el ambiente que indicaran con claridad el paso de las horas. Sin embargo, después de cuatro días encerrada entre esas paredes, su cuerpo había empezado a desarrollar una especie de intuición s