La mañana del día veintiséis no trajo alivio ni tensión: trajo profundidad.
No hubo una ruptura entre lo que había sido la madrugada y ese momento en que la luz comenzaba a filtrarse con más claridad en la habitación. Todo permanecía en una continuidad tan limpia que el tiempo parecía haberse disuelto en una sola línea sostenida, sin cortes, sin transiciones abruptas. Erika permanecía de pie en el centro, y Damián, a unos pasos, ya no ocupaba un lugar “externo” dentro de la escena.
Ambos estaba