La madrugada del día veintiséis no llegó como un descanso, sino como una extensión profunda de todo lo que había sido sostenido durante la noche. Erika no despertó en el sentido habitual; más bien, emergió lentamente hacia una capa más superficial de percepción sin abandonar en ningún momento ese estado interno que ya no se interrumpía.
Sus ojos se abrieron con suavidad, y el techo volvió a estar ahí, inmóvil, silencioso, pero completamente integrado en una realidad que ya no dependía de lo que