La noche del cuarto día terminó de asentarse sobre el edificio como una capa espesa de silencio.
Dentro de la habitación donde Erika permanecía cautiva, la luz artificial había cambiado otra vez. No era oscuridad —ese lugar nunca le concedía oscuridad verdadera—, pero sí un tono más bajo, más frío, que simulaba de manera imperfecta el avance de la noche.
El aire parecía más pesado.
O quizá era el cansancio acumulado.
Erika estaba sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos apoyados s