La quietud no se rompió, pero tampoco permaneció intacta. Se transformó.
No hubo un instante preciso en el que pudiera decirse que algo empezó a cambiar. Fue más bien una transición tan sutil que solo podía percibirse si la atención estaba completamente afinada, como la de Erika en ese momento. Sus ojos permanecían cerrados, su respiración estable, su cuerpo inmóvil… pero dentro de esa inmovilidad, algo comenzaba a desplazarse.
No en el campo.
No en la membrana.
En ese punto más profundo.
En aq