La luz volvió a encenderse con esa precisión insoportable.
Erika ya estaba despierta.
No por ansiedad esta vez. No por pesadillas.
Estaba despierta porque había decidido estarlo.
Durante la última parte de la noche, entre microdespertares y respiraciones forzadas, entendió algo fundamental:
Damián no buscaba obediencia.
Buscaba reacción.
Se alimentaba de su resistencia, de su ira, de su intento por mantenerse impenetrable. Cada negativa era un movimiento dentro del tablero que él había diseñado