Había pasado una semana desde aquella noche que partió algo dentro de Erika, como si un hilo invisible —el que la unía a Alessandro— se hubiese desgarrado en silencio, sin un solo grito, sin un reclamo. Solo el sonido sordo del corazón encogiéndose en medio de una calma que dolía más que el caos.
Volvió a su departamento una mañana gris, con los ojos hinchados de cansancio, el cabello recogido en un moño apurado y un peso extraño en los hombros. Todo le parecía igual, pero ya nada lo era. El reloj de pared seguía marcando el mismo tic-tac, las plantas del balcón seguían verdes, el aroma a café aún llenaba las mañanas… pero dentro de ella había una grieta, una especie de eco constante que le recordaba que algo se había roto.
Desde entonces, la dinámica con Alessandro cambió.
Ya no había risas espontáneas, ni conversaciones que se extendían hasta el amanecer. Sus palabras se volvieron medidas, sus gestos contenidos, su tono neutro. Cada encuentro entre ellos estaba marcado por una dis