Había pasado una semana desde aquella noche que partió algo dentro de Erika, como si un hilo invisible —el que la unía a Alessandro— se hubiese desgarrado en silencio, sin un solo grito, sin un reclamo. Solo el sonido sordo del corazón encogiéndose en medio de una calma que dolía más que el caos.
Volvió a su departamento una mañana gris, con los ojos hinchados de cansancio, el cabello recogido en un moño apurado y un peso extraño en los hombros. Todo le parecía igual, pero ya nada lo era. El re