El golpe en la puerta resonó seco, cortando el silencio denso que había dejado la policía al marcharse. Erika, aún con las manos temblorosas, se acercó con cautela, temiendo que cualquier ruido fuera un eco de lo sucedido minutos antes. Pero al mirar por la mirilla y ver el rostro de Alessandro, su respiración se quebró entre alivio y desbordamiento.
—Soy yo, Erika. Ábreme —dijo él con una voz grave, controlada, pero con un filo de urgencia que no pudo disimular.
Ella obedeció sin pensarlo. En cuanto la puerta se abrió, Alessandro cruzó el umbral sin pedir permiso, sus ojos recorriendo cada rincón del apartamento con precisión militar. El lugar estaba revuelto: un marco roto, el jarrón que siempre tenía flores frescas hecho añicos, la ventana del balcón forzada.
Él no preguntó de inmediato. No era necesario; su mirada lo entendía todo.
—¿Te lastimaron? —preguntó al fin, girándose hacia ella.
Erika negó con la cabeza, aunque la expresión de su rostro decía otra cosa. Estaba pálida, con