Erika caminaba por su apartamento con pasos lentos, el aire pesado de tristeza impregnando cada rincón de la casa. Era una tarde gris, el cielo encapotado reflejaba la tormenta que se desataba dentro de ella. Mientras pasaba su mano por la superficie de la mesa, recogió la primera cosa que le causó dolor: una taza con la imagen de Lilo y Stitch, que había sido uno de los regalos de Damián. Recordaba la sonrisa de él mientras se la daba, diciendo que ese era su modo de hacerla reír incluso en los días más grises. Era uno de los pequeños gestos que, en su momento, había pensado que mostraba su cariño. Ahora, ese mismo gesto se sentía como una mentira, un recuerdo amargo que le dejaba una punzada en el pecho.
Sin decir palabra, la colocó en una bolsa de basura, sin dejar de mirarla por un instante, como si al verla fuera a encontrar alguna respuesta, alguna señal de que todo había valido la pena. Pero no la encontró. Solo vio lo que ya había dejado de ser: el reflejo de un amor que, de a