La hora previa a la sesión no transcurrió con normalidad.
No porque algo externo la interrumpiera, sino porque el tiempo, dentro de la habitación, pareció adquirir una densidad distinta. Erika no se movió demasiado durante ese intervalo. No caminó de un lado a otro como en días anteriores ni intentó distraerse con rutinas que ya había repetido suficientes veces como para volverlas mecánicas.
Se quedó sentada.
Quieta.
Con la espalda recta y las manos descansando sobre sus piernas, como si hubier