La luz no se apagó por completo.
Nunca lo hacía.
Simplemente descendió a un tono más tenue, más frío, una simulación de oscuridad que no engañaba a nadie. No había sombras reales, solo un gris azulado que hacía que todo pareciera más plano, más irreal.
Erika permaneció sentada en el suelo varios minutos después de que Damián se fuera.
No lloró.
No gritó.
Solo respiró.
Lento. Medido. Como si estuviera intentando convencer a su propio cuerpo de que seguía teniendo control sobre algo.
El silencio