El día dos llegó sin permiso.
No hubo un amanecer que lo anunciara ni una transición clara entre la noche y la mañana. Erika lo supo porque su cuerpo se lo dijo antes que la luz. El dolor había cambiado. Ya no era la tensión aguda del primer día ni el sobresalto constante del miedo inmediato. Era algo más profundo, más lento, como si cada músculo hubiera decidido recordarle, al mismo tiempo, que llevaba demasiado tiempo en alerta.
Abrió los ojos con dificultad.
La luz había subido apenas unos g