La noche no llegó de golpe.
No hubo un apagón repentino ni una oscuridad cerrándose como un telón. La noche se filtró poco a poco, de manera casi imperceptible, traicionera. Erika lo notó primero en su propio cuerpo, no en la habitación. En la pesadez que empezó a instalarse en sus párpados. En el entumecimiento lento de las piernas. En ese cansancio distinto que no nace del esfuerzo físico, sino de la tensión sostenida durante demasiadas horas.
La luz seguía ahí.
Pero había cambiado.
Era apena