El silencio volvió a imponerse, espeso, casi opresivo.
Erika permaneció apoyada contra el ventanal cubierto, con la frente aún tocando el vidrio frío, dejando que el temblor interno se apagara poco a poco. No era calma lo que llegaba, sino algo más peligroso: claridad. Esa lucidez amarga que aparece cuando ya no queda espacio para la negación.
Se apartó del ventanal y recorrió la habitación con la mirada, esta vez con atención distinta. No como prisionera desesperada, sino como alguien que nece