El primer día no empezó con un amanecer.
Empezó con conciencia.
Erika abrió los ojos sin saber cuánto tiempo llevaba cerrándolos. No hubo ese instante confuso en el que uno se pregunta dónde está; la respuesta llegó de inmediato, pesada, instalada en el pecho antes incluso de que pudiera respirar con normalidad. Estaba ahí. En esa habitación blanca. En ese silencio controlado. En ese lugar que fingía cuidado mientras le arrancaba cualquier noción de elección.
Parpadeó varias veces, no por sueño