El tiempo dejó de tener una forma reconocible.
Para Erika, las horas no avanzaban: se acumulaban. No eran una sucesión ordenada de instantes, sino una masa informe que se le echaba encima, como capas de niebla húmeda que se superponían unas sobre otras hasta volver imposible distinguir el principio o el final de nada. A veces creía que habían pasado minutos. Otras, que habían sido días. No tenía forma de saberlo. No había ventanas. No había relojes. No había cambios reales en la luz que le perm