El sueño no llegó como descanso.
Llegó como una rendición involuntaria.
Erika no supo cuándo dejó de luchar contra él. En algún punto, el cuerpo simplemente cedió, agotado de sostener una vigilancia imposible. No hubo alivio en esa caída. No hubo suavidad. La conciencia se le fragmentó como un espejo golpeado desde dentro.
Soñó que despertaba.
Estaba en la misma habitación. El mismo techo gris. La misma luz falsa. Intentó moverse, pero el cuerpo no le respondía. Quiso gritar, pero el sonido no