El trayecto hacia la nueva cabaña se extendió más de lo que Erika había imaginado. El camino serpenteaba entre árboles altos, antiguos, cuyos troncos parecían haber visto pasar generaciones enteras sin moverse un centímetro de su sitio. El vehículo avanzaba con suavidad, sin sacudidas, como si incluso el terreno hubiese sido preparado para no incomodar. Erika apoyó la frente contra el cristal, observando cómo la luz se filtraba entre las ramas y dibujaba sombras cambiantes sobre el suelo.
Había