La verdad no llegó como un golpe seco. Llegó como una presión lenta, constante, que comenzó a hacerse insoportable desde el momento en que Lucca y Hanna intercambiaron una mirada que Erika no supo interpretar, pero que su cuerpo reconoció de inmediato como una antesala.
La cabaña estaba en silencio. No el silencio cómodo de la montaña, sino uno más denso, deliberado. El fuego ardía bajo en la chimenea, proyectando sombras largas sobre las paredes de madera. Afuera, el bosque parecía inmóvil, co